miércoles, 29 de octubre de 2008

AIRE

ENTREGA


Tiene olor a cuero curtido. Olor a madera recién cortada. Su fragancia es detectada por mi nariz a veinte centímetros de distancia de su piel. Podría reconocerlo con los ojos cerrados y las manos atadas porque su perfume es único. Huele a cosa originaria. Natural. Como cuando la lluvia cae sobre la tierra y ese olor te hace sentir vivo. El me hace sentir viva. 

Sale un olor puro de sus poros, porque aunque no lo sepa, el es puro. El es mi reflejo. Lo miro y me miro en sus gestos. El es el pedazo de esfera hermafrodita que se dividió antaño. El tiene la misma amplitud de conciencia que yo. Entre tonto y genio. Medio niño y medio abuelo. Así somos, inteligentes y sensibles. Así somos los dos. Abiertos, cambiantes, curiosos. Necesitamos mejorar, buscamos lo mejor, buscamos lo mejor... Cuando creemos que es lo material, no nos basta. Entonces buscamos lo racional. No nos basta. Entendemos por fin que es lo emocional. Hastiados del mejor de los sentimientos, nuestro amor, volvemos a lo material. Y así, corremos por el camino circular tripartito de lo existente. Como nos gusta. 

La vida nos pasa. Nos atraviesa. No pasa por nuestro lado. A veces si, pero es necesario para añorar sentirla de nuevo. La vida nos atraviesa como una espada al corazón. 

Hoy, mientras llorábamos, en cada exhalación mi alma, mi espíritu, se fugaba de mi cuerpo y se entregaba. Lo inspiraba él, sin saberlo. Metí mi alma por su nariz y no se dío cuenta. Así de adentro suyo estoy. Mientras yo lo olía a cuero curtido.

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