El colectivo se movía demasiado. Parecía un plato de sopa de fideos. El plato el colectivo, los fideos las personas, y el caldo ese asqueroso vapor que se forma cuando nadie abre la ventanilla a pesar de los 34 grados de calor. Y se movía demasiado. Una sopa siempre tiende a volcar cuando el plato se mueve demasiado. Y esa fui yo. Volqué la sopa. Vomite en el colectivo. Me vinieron las ganas sin telegrama previo y vomite. Vomite el bife con ensalada de repollo. Quedo en el piso del colectivo. Y como el colectivo se movía, el vomito también se movía. Iba de un lado al otro condimentando el caldo que éramos todos ahí adentro. Por fin abrieron las ventanas. El acido del vomito se te cuela hasta hacerte lagrimear los ojos. No me baje inmediatamente. Espere estoica hasta la parada que me correspondía bajar. No mire a los costados para no ver los ojos de los demás. Ojos seguramente sentenciantes. Noquería escuchar a los demás susurrar – tonta tonta tonta - no escuchaba mas que a mi cabeza que me decía – tonta tonta tonta – . Cuando me baje, como pude, porque la debilidad me hacia flaquear las piernas, alguno de los pasajeros fideos observo el vomito sin asco. Uno solo se atrevió a ver lo que llevaba adentro del cuerpo. En el medio de la mancha marrón, de marrón bife, marrón repollo, había una mariposa de alas grandes, roja y naranja, viva todavía, aleteando con fuerza para salir de la saliva. Ese fue mi día de mayor sinceridad.
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